Vicepresidencia y Ministerio de la presidencia
Colección Informe Nº X
SUMARIO

Mensajes de la Corona VI

PRESENTACIÓN

La lectura conjunta de los Mensajes de Navidad del Rey, desde su proclamación en 1975, permite observar con nitidez algunas constantes. La circunstancialidad obligada por las/fechas en que se pronuncian, la víspera de Navidad y el horizonte de un nuevo año, y su motivación esencial de felicitar a todos los españoles, reunidos en esos días alrededor de la familia, determina en parte su contenido. Pero hay en todos ellos una línea de continuidad profunda, cuyo componente esencial es la asunción por parte del Rey de su papel en una monarquía parlamentaria, y esto aún antes de aprobarse la Constitución. La Corona aparece como cauce institucional que integra a todos los españoles y les dota de unidad, y como acicate moral para una acción decidida y solidaria. El Rey manifiesta su voluntad mancomunar a los españoles en el logro de una sociedad futura justa y democrática. «No olvidemos nunca —dice en uno de estos Mensajesque nuestros derechos han de estar coordinados con la obligación de respetar los derechos de los demás.»

El Mensaje de este año, aun dentro de las mismas coordenadas en que se producen los anteriores, de motivación circunstancial, lenguaje claro, directo, próximo y de alejamiento de la política concreta, presenta rasgos peculiares, puestos de relieve por la casi totalidad de los comentaristas políticos. Y no podía ser menos, porque el país se encuentra en circunstancias especiales y paradójicas. Por un lado, en un período de increíble aceleración histórica, se han conseguido una constitución, unas instituciones y una ordenación jurídica realmente democráticas. Pero de otro, el legítimo orgullo de lo ya hecho se ve socavado por la fatiga que producen las dificultades constantes: el terrorismo, la crisis económica y los propios riesgos implícitos en las nuevas vías, en sí positivas, que abre el texto constitucional. En este contexto, las dos ideas esenciales del Mensaje han sido la de reivindicar el sentimiento de lo español y la de afirmar un optimismo nada mágico, sino racional, ante el futuro.

Algún comentarista de prensa se ha entretenido en contar las veces que aparecen en el texto las palabras «España» y «españoles». Es un síntoma externo pero suficientemente significativo del núcleo emocional que impregna el deseo y el mensaje del Rey. La fórmula jurídica de las autonomías ha puesto en un primer plano un lenguaje y unos sentimientos que aparencialmente ponían el acento en la pertenencia a una región, despoblando de sustancia la idea de España. De aquí la reiterada afirmación de la unidad de España y del ser de los españoles, como realidades previas y esenciales. «Tenemos un proyecto de vida en común que se llama España.» Y en ese proyecto, volcado hacia adelante, que mira al futuro, no tiene lugar propio la «obsesión del pasado». El Rey desea que todos abandonen «el deseo de revancha destructiva o la conservación a ultranza de lo que no es admisible ni oportuno».

La otra línea maestra del Mensaje del Rey es el optimismo. No un optimismo de buenas intenciones, no una especie de bálsamo sobre la inquietud y desasosiego sicológico que los constantes obstáculos producen. Al contrario, un optimismo sobre bases firmes, que pide antes de nada «ver fríamente la realidad», y sólo luego el esfuerzo responsable y solidario de todos. Es necesario vivir las instituciones ya creadas, comprender que las leyes no sólo otorgan derechos sino deberes; lograr en definitiva «un estilo de ciudadanía respetuosa». Con fe en esas aptitudes que el carácter español ha mostrado tantas veces en la Historia, podremos vencer lo que es hoy nuestro mayor peligro: «la rutina, el lento y paulatino desmoronamiento, la erosión implacable del desánimo y del desaliento».

Los fines a conseguir en los próximos años recuerda el Reyno son otros que los definidos en el preámbulo de la Constitución. Un orden social y económico justo, el desarrollo de un Estado de Derecho, el logro progresivo de una sociedad democrática avanzada. Este es el reto para la España de hoy. Hacer de la Constitución un lugar estable para los ideales políticos de la nación, una incitación constante para el esfuerzo solidario de construir el futuro. Los españoles deben entregar a sus hijos una patria plena, realizada, y no una nueva página histórica llena de promesas y también de fracasos. En la vida de las naciones hay momentos de especial tensión y creatividad. El Rey nos pide que éste sea uno de ellos, el decisivo para librar a las nuevas generaciones de la trágica opción machadiana «entre una España que muere y otra España que bosteza».

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