Vicepresidencia y Ministerio de la presidencia
Colección Informe Nº 16
SUMARIO

Los Reyes en América

3. VENEZUELA - GUATEMALA - HONDURAS - EL SALVADOR - COSTA RICA - PANAMÁ

LOS REYES EN VENEZUELA

8 a 10 de septiembre de 1977

Las relaciones de España con Iberoamérica exigen una armonía de todos sus elementos, basada en un «principio de interdependencia», por lo cual, los diversos aspectos —el político, el económico, el cultural o el de cooperación— se entrelazarán y coordinarán de tal forma que, el refuerzo de uno, automáticamente irá acompañado de una similar y simultánea potenciación de los demás

El Rey, ante el Congreso Nacional de Venezuela

Con 91.649 kilómetros cuadrados y una población de 12.361.000 habitantes, entre mestizos, blancos, negros e indios, Venezuela cuenta con 2.816 kilómetros de costa al mar de las Antillas y al océano Atlántico, extendiendo también sus fronteras frente a Guayana, Colombia, Brasil. En 1975 la población urbana llegó al 82,6 por 100.

El producto interno bruto ha superado los 17.000 millones de dólares, siendo su distribución sectorial la siguiente: agricultura, 6,7 por 100; minería (importante producción de petróleo); manufactura, construcción y electricidad, 40,4 por 100; otras actividades, 52,9 por 100.

Colón descubrió estas tierras en su tercer viaje, continuando las exploraciones Guerra, Alonso Niño y Alonso de Ojeda, y prosiguiendo las labores de conquista Ocampo, Ordás y, más tarde, los Welsers alemanes, concertados en 1528 con Carlos V.

Desde los primeros movimientos independentistas de Gual y Miranda hasta 1812, en que, en la batalla de Carabobo, se consolidó la emancipación del país, hay un largo período de esfuerzos y luchas. Disuelta la Gran Colombia en 1830, Venezuela continuó rigiendo sus destinos a través de varias vicisitudes.

Según la constitución de 1961, Venezuela es una República Federal, en que la soberanía se ejerce por tres poderes: Ejecutivo (Presidente de la República asesorado por un Consejo de Ministros); Legislativo (Senado y Cámara de Diputados), y Judicial (Corte Suprema de Justicia y Tribunales).

EL REY, A SU LLEGADA A VENEZUELA

Aeropuerto de «Maiquetia»
8 de septiembre de 1977

Señor Presidente:

Al llegar nuevamente a Venezuela —esta vez en visita oficial—, agradecemos profundamente la afectuosa bienvenida que reflejan vuestras palabras. Sentimos en lo más hondo esa indefinible emoción de la llegada a América, emoción que para un español se acrecienta al recordar los lazos que nos unen y que constituyen el acervo común de nuestras dos grandes naciones.

Al saludaros en esta solemne ocasión, saludamos a través vuestro al pueblo venezolano, a su Gobierno y autoridades, en un abrazo fraternal que el pueblo español os envía con el cariño que siente siempre por la nación venezolana.

Tenemos una gran satisfacción en unirnos a vuestra conmemoración bicentenaria, en un momento histórico de creciente prosperidad de Venezuela. Esperamos y deseamos la continuidad de ese despliegue integral de las posibilidades de vuestro hermoso país, al que tan estrechamente nos sentimos unidos.

En este histórico momento quisiera hacer llegar también nuestro saludo a las demás naciones hermanas de América, con ese espíritu de unión familiar que define y caracteriza a cuantos forman parte del mismo tronco ibérico.

Venimos convencidos de que las jornadas venezolanas que nos aguardan reafirmarán el entendimiento que inspira nuestras relaciones en todos sus aspectos. Espero con ilusión que este nuevo contacto con vuestra realidad nacional nos deparará la ocasión de conocer más de cerca los esfuerzos de modernidad y progreso que estáis realizando.

Al expresar la necesidad de un creciente conocimiento mutuo entre nuestros pueblos, agradecemos, señor Presidente, esta ocasión que nos ofrecéis de reforzar nuestra ya sólida e inquebrantable amistad.

EL REY, EN EL «CENTRO ASTURIANO» DE CARACAS

Ciudad de Caracas
8 de septiembre de 1977

Señor Presidente del Centro Asturiano de Caracas, asturianos y españoles todos residentes en este país:

En el curso de esta visita oficial a Venezuela hemos tenido particular interés en visitar este Centro, al que estáis tan ligados, que os sirve de vínculo de unión y en el que podéis añorar juntos, con ilusión constante, el recuerdo de vuestra lejana y querida «tierriña». Y soy dichoso al saludar en él a los asturianos aquí reunidos, como símbolo de todos los compatriotas residentes en este próspero y hermoso país hermano.

La evocación de Asturias, cuna de esa nacionalidad que en el mundo nos singulariza con sello inconfundible, es siempre para nosotros fuente de una particularísima emoción, acrecentada en este día que se celebra la fiesta de vuestra «Santina». Por deseo expreso de vuestros paisanos, mi hijo el Príncipe

Felipe ha recogido la tradición vinculada al heredero de la Corona y ostenta hoy, orgulloso, la titularidad del Principado.

Al visitar este Centro Asturiano, el recuerdo vuela a las gestas gloriosas de las primeras armas hispanas, libradas y ganadas bajo la invocación de Covadonga, y en memoria más reciente destaca el derroche de ingenio, de organización y de perseverancia que la minería y la técnica españolas han desarrollado en el solar asturiano, en vuestra región tan singular que alberga bellezas y valores incomparables.

Trasplantados a América, habéis sido parte muy importante de una emigración fecunda, esforzada y creadora, que ha brillado por su trabajo, su seriedad, su espíritu de empresa y su capacidad de integración en las colectividades nacionales que la acogieron.

A través vuestro y de los compatriotas de las demás regiones de nuestro país, la emigración española ha inscrito su gesta en las páginas de las grandes realizaciones históricas de ese gran pueblo que entre todos constituimos.

Hemos querido dejar constancia pública de todo ello en esta visita y alentaros a que prosigáis, con el mismo afán, en vuestras tareas cotidianas. Estáis cooperando a crear fuentes de riqueza y de trabajo en Venezuela y, al hacerlo, prestáis vuestra colaboración decidida a la empresa de que el nombre de España alcance en el exterior un nivel destacado. Vuestros Reyes, en nombre del país, os lo agradecen.

¡Asturianos! ¡Españoles!

¡Viva Asturias! ¡Viva España!

EL REY, EN LA CONMEMORACIÓN DEL BICENTENARIO DE LA INTEGRACIÓN VENEZOLANA

Ciudad de Caracas (Plaza de Bolívar)
8 de septiembre de 1977

Señor Presidente de la República, ciudadanos de Venezuela:

Vuestra recepción, la primera vez que visitamos Caracas, tuvo esa connotación de cordial simpatía que franquea el diálogo y el consecuente entendimiento. El gesto excepcional de vuestra presencia, señor Presidente, en el Panteón Nacional, liga en mi memoria vuestra persona al momento solemne de la ofrenda al Libertador, como queda ahora relacionada con este collar y estas insignias que hemos recibido de vuestras manos y que agradecemos profundamente emocionados. Vienen a rubricar la vinculación afectiva que la Reina y yo sentimos por Venezuela y todo lo venezolano.

En este país extraordinario, donde la acogida y la hospitalidad tienen la nota de calor humano que hoy refleja esta Plaza de Bolívar, el visitante se siente inmediatamente atraído por la belleza de sus paisajes y de sus costas, impresionado por la riqueza de su subsuelo y esperanzado por el ánimo de empresa y el sentimiento nacional de sus generaciones actuales. Esta Venezuela que para tantos españoles ha sido, desde siglos atrás, tierra de ensueño y promisión, es hoy una realidad espléndida de bullicioso y alegre esfuerzo, donde el desarrollo se vive en fe de futuro y con propósitos de auténtica dimensión humana. Es siempre fuente de viva satisfacción el comprobar los progresos persistentes que, año tras año, se van introduciendo de forma perceptible.

Quienes formamos parte de la comunidad internacional de naciones, con espíritu preocupado y responsable, vemos también con la misma satisfacción la creciente participación activa y ponderada de Venezuela en la escena mundial. Los que nos sentimos hermanos, por tantas razones históricas y actuales, nos felicitamos por todos los signos positivos y prometedores que observamos.

El esfuerzo ciudadano ha forjado esta plenitud presente y ha abierto ese sinfín de posibilidades que componen el panorama vital de los venezolanos de mañana. Puedo asegurar, a la vista de todo ello, que la Venezuela que hoy se abre al visitante y la ciudadanía que la compone se han hecho claramente acreedoras de la confianza que en ellas depositara el Libertador Simón Bolívar. No hay nada que infunda mayor respeto que la lealtad y la identificación con aquellas soñadoras iniciales de la grandeza nacional.

La Reina y yo venimos a unirnos a la solemne celebración del bicentenario de la Real Cédula del Rey Carlos III, de 8 de septiembre de 1777. Es la gran conmemoración de la integración territorial de Venezuela. El recuerdo de hechos históricos decisivos, como el que hoy nos congrega en esta bellísima plaza, reviste una importancia singular. La Historia es, para un pueblo, la fuente inagotable de interpretación de la compleja realidad de su cuerpo colectivo. El pueblo que no conozca su historia o que no sea capaz de asumirla en su totalidad, con un espíritu de autenticidad no partidista, jamás llegará a entenderse a sí mismo. El cultivo de nuestro pasado es la base del diálogo nacional de hoy. El pueblo venezolano, con su participación entusiasta en este bicentenario, da una vez más prueba clara de madurez y de patriotismo.

Señor Presidente:

En un momento tan emotivo para nosotros, aquí, ante este magnífico pueblo hermano que os eligió para gobernar y representarlo como Primer Mandatario, es para mí una gran satisfacción y un honor el imponeros el Collar de la Orden Americana de Isabel la Católica.

Quiero resaltar al hacerlo no sólo el aprecio personal que os tenemos, sino también ensalzar al gobernante de excepcionales cualidades, que ha sabido trascender los problemas inmediatos de su país, sin descuidarlos, y proyectar una política de largo alcance y de visión global.

A vuestros éxitos como político habéis sabido sumar, desde que asumisteis la Presidencia, las exigencias y los aciertos del hombre de Estado. A lo largo del tiempo en el ejercicio de vuestro mandato han sido varias las ocasiones en que se ha presentado el momento de las grandes resoluciones. La decisión del gobernante, en tales circunstancias, pone a prueba su temple y su dimensión. El valor moral que el estadista sea capaz de imponerse en esos trances será siempre la medida de su personalidad.

Quienes hemos observado desde fuera vuestro acontecer político personal deseamos expresaros nuestra admiración por la ejecutoria que ostentáis en esas lides de íntima responsabilidad. Al imponeros estas insignias, España, a través mío, quiere hacer patente su sentimiento de respeto hacia esa entereza de carácter en el ejercicio de vuestra alta función.

He querido destacar, en primer lugar, al hombre en cuanto gobernante, siguiendo la tradición profunda de la idiosincrasia de mi pueblo, que antepone a todo los valores humanos, y que con su innata sabiduría mide, con la vara del «deber ser», los actos de cada uno, de acuerdo con las funciones que el destino o la soberanía popular le han atribuido.

Como Rey de España, hoy me honro igualmente en distinguir al Presidente de la República que, con acertada visión política y con encomiable habilidad, ha sabido llevar las relaciones hispano-venezolanas a lo que son en este momento: un modelo de relaciones bilaterales entre dos países hermanos.

Subrayo este aspecto de la fraternidad, pues lejos de constituir, como a simple vista parece, una facilidad inicial que disminuye la importancia de los resultados, es, por el contrario, una exigencia cuya cumplida satisfacción resulta notoriamente más difícil. Entre hermanos se hila mucho más delgado, precisamente porque se arranca de una mayor afinidad.

La hermana República de Venezuela, de la mano del Presidente Carlos Andrés Pérez, ha estrechado la que España tiene tendida hacia Iberoamérica hasta confundirse en un abrazo. Un abrazo de colaboración, de entendimiento y de entrelazamiento de quehaceres mutuos, sentidos y pensados en función de los tiempos que corren y como abierta invitación a toda la amplia hermandad de la que formamos parte histórica y vital.

Señor Presidente:

Todo esto significa para nosotros esta incorporación vuestra a la Orden de Isabel la Católica, a la que os damos la bienvenida.

Permitidme que, en este mismo acto emotivo, incorpore a la mujer venezolana al imponer a vuestra dignísima esposa la Gran Cruz de Dama de la Orden, en atención a esa benemérita y eficacísima labor que en pro de la infancia viene realizando.

EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA EN LA PLAZA DE BOLÍVAR

Plaza de Bolívar
8 de septiembre de 1977

Sus Majestades:

Por segunda vez me corresponde el honor de darles bienvenida en tierra venezolana a Sus Majestades los Reyes de España. La dinámica del mundo en que vivimos y la voluntad sin retorno que nos une en cuanto a afirmar las relaciones entre España y Venezuela, entre la América Latina y España, nos ha deparado la oportunidad de este tercer encuentro, tan auspicioso y grato como las entrevistas en Caracas y Madrid.

La presencia de Sus Majestades y el homenaje de su sincero y vibrante mensaje a Venezuela, que acabamos de oír, lleno de fraterna esperanza y de halagüeña fe en tiempos seguros para la cooperación solidaria de nuestras naciones, confieren a esta celebración, en este cuadrilátero de la Plaza de Bolívar, el más representativo de nuestro suelo, y en esta fecha de plena madurez, un excepcional valor histórico. Pero antes de seguir adelante, mi esposa y yo queremos agradecerles las condecoraciones con que en nombre de la España entrañable y eterna se nos distingue.

El recinto del Panteón Nacional, santuario de la gran patria latinoamericana, fue el sitio de nuestro primer encuentro. Ahora lo es esta plaza, trazada por las pautas fijadas en las leyes de Indias.

«Y comenzando desde la Plaza Mayor, y sacando desde ella las calles a las puertas y caminos principales, y dexando tanto compaz abierto que, aunque la población vaya en crecimiento, se pueda siempre proseguir y dilatar en la misma forma...»

Actos ambos de reafirmación de la vinculación de la Madre Patria con el creador de la Patria Nueva. Por esto, la presencia de los Reyes de España es hoy, de nuevo, gesto pleno de emoción histórica, del común pasado glorioso.

Estamos congregados al pie de la estatua que simboliza la presencia viva y rectora de Simón Bolívar en esta encrucijada de rutas vitales que aquí comenzaron hace cuatro siglos. Justo en este asiento original de la vieja Plaza Mayor, foro ciudadano signado por tragedias y triunfos populares en el curso de medio milenio, y donde aún se puede seguir la ruta triangular del movimiento independentista, que se dirige desde el sitio de la antigua casa del Ayuntamiento a la iglesia metropolitana y a la capilla de Santa Rosa de Lima, del viejo seminario tridentino, real y pontificio que acabáis de visitar.

Comenzando desde esta plaza, como lo ordenaban las leyes de Indias, se extendieron calles primero y caminos después que unen a ciudades y campos de la ancha geografía de nuestro país y de América Latina a través de los siglos. De allí que esta plaza sea hoy más que nunca, en la presencia en bronce de Simón Bolívar y en la de Sus Majestades, símbolo de unión histórica y cultural de España y Venezuela con América toda.

En esta plaza nació la ciudad de Caracas un día de julio de 1567. Un ilustre historiador de la ciudad en el siglo pasado, don Arístides Rojas, dice que: «En ningún lugar de Caracas se aglomeran los hechos como en este recinto abierto, en que cada uno de los edificios que lo circundan trae a la memoria escenas de júbilo y dolor, episodios lúgubres, gritos de vida o muerte.» «Por esta plaza han pasado las generaciones de tres siglos, los magnates de la colonia, los adalides de la guerra magna, los defensores del realismo. En ella han flameado las banderas de España y Venezuela.»

Los acontecimientos más importantes de la época en que éramos provincia española de Ultramar y en los de nuestra historia independiente y republicana han tenido como escenario esta vieja Plaza Mayor de Venezuela. Y en nuestra accidentada historia contemporánea, la Plaza de Bolívar ha sido centro de donde ha partido la protesta contra algún régimen usurpador, o la voz alegre en la hora de la reivindicación.

Destacamos así un ciclo que se abre ayer con las empresas de la conquista española de América y de la liberación americana, y se continúa hoy, promisor, con nuestras empresas conjuntas para propiciar el desarrollo económico, político, educativo, científico, tecnológico y cultural, y la consolidación del derecho democrático a la justicia, a la dignidad del hombre y a la paz.

Hace dos siglos, en un día como hoy, en el Palacio de San Ildefonso, no lejos de Madrid, sucedió un hecho administrativo normal y rutinario para entonces y para aquella España que, sin embargo, tendría acá magna trascendencia. El Rey Carlos III suscribía el decreto —Cédula Real— que disponía la integración política de las provincias de Venezuela. Hace dos siglos empezamos a ser compatriotas el oriental y el andino, el caraqueño y el guayanés, el llanero, el zuliano, el central y el margariteño. Antes no lo éramos. Hace doscientos años empezó nuestra unión y surgió en su dimensión cabal el gentilicio glorioso: venezolanos. Algo más. A la vez que el Soberano ensamblaba las piezas de la que sería nuestra nación, ratificaba para la ciudad de Caracas el honor y el compromiso de ser la capital de la gran entidad así constituida.

Esta real disposición que dio nacimiento jurídico a Venezuela correspondía al programa de importantes reformas que vuestro ilustre antepasado acometió tanto en la metrópoli como en las posesiones de Ultramar. Pero también con esa decisión se acataba el curso de los hechos que, en un proceso inexorable, evolucionaría hacia nuestra integración y hacia la independencia.

Los latinoamericanos nunca hemos negado nuestro pasado hispánico. Nos hemos sentido y nos sentimos identificados con el pueblo español en su más variada integración, en sus virtudes y en sus defectos. Siempre hemos sido conscientes de la verdad que encierra el concepto de don Miguel de Unamuno de la «enormidad de España», en la proyección americana de su espíritu creador.

No venimos de la penumbra de la Historia. Constituimos una experiencia nueva en el orden de las creaciones humanas y de los trabajos de la cultura universal. Pero nuestra mocedad de pueblo, antes de condenarnos al drama de lo que es efímero por ser reciente e inconsistente, nos señala el deber de una perseverancia activa para la cual la memoria y el ejemplo de los antecedentes de la nacionalidad contienen un potente estímulo. Una vez más repito que nosotros sabremos estar a la altura de semejante expectativa.

Si en el pasado tuvo lugar entre España y América una conjunción de sangres y de culturas, en la hora presente tienden a fortalecerse los vínculos que unen a nuestros pueblos, especialmente en un momento en el cual bajo su reinado España se encamina hacia formas de convivencia, nacional e internacional, dentro de un marco de progreso democrático. Por eso su presencia es tan grata al espíritu de los venezolanos. Vemos la encarnación de la nueva España.

En noviembre del año pasado, en la cena con que nos honraron a mi esposa y a mí en Madrid, en el Palacio de Oriente, tuve oportunidad de enjuiciar con sincera franqueza los tres siglos de dominación hispánica, génesis y consolidación de los factores constitutivos de Venezuela. Fui categórico en ese pronunciamiento cuando afirmé que en el tiempo transcurrido de nuestra existencia colectiva, ya nos permite actitud madura, crítica, justa y objetiva sobre nuestros propios orígenes y nuestro ser histórico. Estimamos que pertenecen al ayer, sin perspectiva, las posiciones que ahora juzgamos ingenuas de una leyenda negra y una leyenda dorada en cuanto a la obra de España en América. La etapa de la colonia no fue tiempo perdido, sino tiempo ganado en el proceso de nuestra transformación. Vemos hoy cómo la presencia en América de España fue el empeño decidido de toda una nación en sembrarse a fondo dentro de nuestras circunstancias, de mezclarse a nuestra raza autóctona y de moldear a su imagen y semejanza la realidad para entonces naciente.

Ese ánimo español que alguien calificara de «inquieto y revolvedor de cosas grandes» ha formado siempre parte de nuestra idiosincrasia, de nuestras modalidades. La sencillez, la impaciencia de ánimo, el sentido nato de la igualdad, son características de las cuales nos jactamos. Ellas nos vienen de ese pasado ancestral.

Para los venezolanos es justa la relevancia que damos al Rey Carlos III, que llegó a ser de los más importantes de toda la historia de la Península Ibérica, pues en él se dio la singularidad de que en diez años de su gobierno tomara las cuatro decisiones claves que dieron fisonomía y posibilidad de nación a Venezuela. El año pasado conmemoramos el principio de ese decenio. La creación de la Intendencia, que integraba nuestras seis provincias en materia fiscal; hoy seguimos con la unificación política, integración por antonomasia en lo gubernativo y militar. Proseguirán en 1985 con la celebración de la Real Orden sobre el Consulado, unidad económica, y en 1986 se cerrará el ciclo recordando la integración judicial con la creación de la Real Audiencia de Caracas.

No nos equivocamos cuando asociamos este día de hoy con la creación de la Capitanía General de Venezuela, pues, en efecto, cuando Carlos III ordena «a los Gobernadores de las provincias de Cumaná, Guayana y Maracaibo, e islas de Margarita y Trinidad, que obedezcan como su Capitán General al que hoy es y en adelante lo fuere de la Provincia de Venezuela, y cumplan las órdenes que en asuntos de mi Real Servicio les comunicaré en todo lo gubernativo...», estaba dando vida a una entidad política, a un ámbito territorial que es el expresamente referido en nuestras Constituciones desde la de Cúcuta en 1821, hechas por los padres de la nacionalidad.

Con la grata presencia de sus Reyes, la Madre Patria viene como a atestiguar la obra que nació de su semilla y de su voluntad. Ha querido el Rey Juan Carlos I, en gesto de suma elocuencia que mucho apreciamos y que marca sin duda un hito en la Historia, venir a este glorioso escenario de tantas proezas, sacrificios y triunfos, donde cinco lustros después de la última cédula de Carlos III se desencadena la protesta que evidencia la mayoridad tangible de la joven unidad que era nuestra Patria, ya apta para conducirse soberana e independiente.

Nuestro signo fue y sigue siendo el de la integración. Nuestra Patria se fusiona para servir de centro irradiador a un evangelio de unidad que hoy engloba en su aspiración diáfana a la propia España, cuyo lugar incuestionablemente es con nosotros y de cuyo maduro aporte estamos tan urgidos. El latinoamericanismo preconizado por el hombre cuyo bronce gallardo preside esta ceremonia incluía la participación de España. En el auténtico interés de España —advertía el Libertador— está nuestra independencia. El proponía hacer patente a la nación que nos dio lengua, religión y vida «que sus verdaderas ventajas consisten en una íntima alianza con la América independiente».

La Península Ibérica fue el gran cauce por el cual nos llegaron los elementos africanos, islámicos, lusitanos y europeos, diseminados por América en sutil coexistencia con las culturas precolombinas, fundidos en gigantesco crisol de lenguas, religiones e ideologías, con el español y el portugués, el cristianismo como amalgamador de este prodigioso continente latinoamericano que se hace comunidad en sus fuentes culturales e históricas.

La América Latina se ha nutrido de la Península Ibérica e Iberia de América. América no le teme a España, la lleva en el alma; ni España a América, la lleva en el corazón. Porque no podemos ignorar lo que los unos tenemos de los otros: que por nuestras venas corre la misma sangre, hispánica, africana, islámica y lusitana.

La pauta de la fraternidad que hoy ratificamos, en el día bicentenario de la unidad venezolana, ya había sido expresada, estando todavía lejos el desenlace de la contienda, cuando Simón Bolívar y Pablo Morillo se confundieron en cordial efusión y el Libertador brindó por la heroica firmeza de los combatientes de uno y otro ejército; por los hombres dignos, que a través de los males horrorosos sostienen y defienden su libertad; por los heridos de ambos ejércitos, que han manifestado su intrepidez, su dignidad y su carácter. «Odio eterno a los que deseen sangre y la derramen injustamente.»

Estas palabras de noviembre de 1820, repetidas aquí, en este momento, adquieren su dimensión y calidad de enseñanza memorable. Así, la decisión sincera de Venezuela de conmemorar este acontecimiento político ocurrido en el ciclo del dominio hispánico, es la primera en su género y nos hace sentir que la toma de conciencia, implícita en ella, nos vuelve a hacer precursores de un tiempo diferente. Si históricamente es verdad que por primera vez se conmemora en el Nuevo Mundo una efemérides de esta significación con la presencia del Rey, guía de la nación española, de nuevo ha de enaltecernos la original circunstancia que el destino nos depara y hemos de agradecer al Rey Juan Carlos el valor magnífico de su compañía.

Asimilamos hoy nuestro pasado remoto y cercano, sin complejos. Nunca el deseo y la simple ilusión de que las cosas fueron o hubieran sido distintas de las que efectivamente fueron, alcanza a borrar las realidades. La fuerza del ideal es para el futuro, para moldear los tiempos venideros; pueril ejercicio es querer conformar lo sucedido al gusto y conveniencia del tiempo posterior.

Al reconocer nuestras raíces dentro de la etapa que vivimos ayer, en el seno del Imperio español, sólo hay objetividad y sinceridad en el enfoque. Justicia esencial y corrección en el comportamiento frente a la verdad. Venezuela tiene autoridad reconocida. Fue el epicentro de la revolución de independencia. Hijos suyos fueron los abanderados y los más esforzados servidores de la causa revolucionaria por la cual murió un tercio de nuestra población de entonces.

Queremos ser adelantados en nuestra América Latina de semejante posición. Miramos hacia adelante, y en función de porvenir interpretamos los dictados de nuestros grandes hombres. El pasado es parte sustancial de nuestro haber. El futuro es acción para alumbrarla con nuestra responsabilidad. El presente es esfuerzo y deber indeclinables. En este presente estamos construyendo nuestro futuro y nunca hubo presente sin pasado. No hay otra superioridad para una nación que la conciencia lúcida de su propio ser. El proceso dialéctico se cumple sin cesar y de este modo la síntesis actual, resultante del juego de tesis y antítesis pretéritas, vuelve a ser tesis para la nueva serie interminable de la vida humana.

Los pueblos no se construyen sobre la negación. A todo lo largo de mi mandato he dicho a mis compatriotas palabras de inequívoca confianza. Por la convicción muy firme, absoluta y cabal, de que nuestra historia nos autoriza a enfrentar los retos del porvenir con entusiasmo y seguro optimismo. El mañana será lo que nosotros queramos que sea.

Para la reflexión, la afirmación de la conciencia nacional y el sentimiento auténtico del ser venezolano, esta conmemoración integracionista nos compacta en una necesaria y prometedora solidaridad.

Ha llegado el momento de una toma de conciencia colectiva, con motivo de este bicentenario de la Integración Nacional. Decreté con este motivo el estudio del «inventario de factores culturales de Venezuela» y encomendé su realización, para el año 1981, a la Biblioteca Nacional, a su Centro de Estudios de Fuentes Culturales, y al Consejo Nacional de la Cultura, con la colaboración de las Universidades. Quiero así realizar a cabalidad uno de los objetivos señalados en la Ley que acabo de promulgar, creando el Instituto Autónomo Biblioteca Nacional y Servicios de Biblioteca, que procura la investigación sobre la cultura venezolana y sus fuentes, de acuerdo con los intereses fundamentales de Venezuela en el mundo, como una contribución al conocimiento y afirmación de nuestros propios valores y de nuestra nacionalidad.

En este mismo orden de ideas, me complace anunciar hoy aquí, que solicitaré del Congreso Nacional la reforma legal que permita el cumplimiento de un Decreto del Libertador dictado hace ciento sesenta años, en el Palacio de Gobierno de la ciudad de Angostura, el 20 de noviembre de 1817, en el cual Simón Bolívar, jefe supremo, decreta que «a las siete estrellas que lleva la Bandera nacional de Venezuela se añadirá una, como emblema de la provincia de Guayana, de modo que el número de las estrellas será en adelante el de ocho».

Las vicisitudes de los tiempos nacionales demoraron la justicia que animó este acto bolivariano, hoy propicio para una mayor vinculación, si ello fuere posible, con la porción sur del país total. Tierra venezolana siempre relacionada al concepto de promisión y de esperanza. Allí se situaba el dorado de la conquista; fue emporio fecundo durante la colonia y sirvió decisivamente para asegurar la fortuna de la independencia. Sus minas de oro, su producción diamantífera, de sarrapia y caucho fueron la riqueza por excelencia en la noche larga de las autocracias. Y ahora es el ciclo pujante del hierro, la energía hidroeléctrica y la industria pesada, la concentración demográfica y las perspectivas sin límites. Un gran trozo de la gran Venezuela que estamos construyendo, resumen vivo y efectivo de las mejores ilusiones y realidades de nuestro pueblo.

La octava estrella en nuestro pabellón nos va a decir cuánto de sustancial es la provincia que hoy ostenta con propiedad incuestionable el nombre de Bolívar. Allá está despuntando la Venezuela por venir y por este reconocimiento que hoy anuncio y que no es capricho sino imperativo prestigioso de la historia, nos compromete al máximo esfuerzo para salvar aquella comarca promisoria, de errores y vicios, de destrucción y despilfarro que por mil causas han afectado en el pasado a otras regiones de Venezuela.

Asimismo, mi Gobierno ha decretado que un monumento de justicia perennice los documentos de Carlos III que protocolizaron nuestra unidad y que no podremos olvidar nunca.

No debo finalizar mis palabras en esta hora solemne de Venezuela sin recordar que hace pocas horas regresé de Washington, la capital de los Estados Unidos, adonde asistí en nombre del pueblo de Venezuela para ser testigo de un acto que exalta la grandeza de los pueblos de América. Que hace también justicia a España y es acontecimiento condigno del bicentenario que celebramos. Me refiero al trascendental suceso que viene a configurar la integración plena del territorio de la República de Panamá: el nuevo tratado del Canal, suscrito en la noche de ayer en la sede de la Organización de Estados Americanos. Que nos recuerda hoy a don Vasco Núñez de Balboa, el adelantado de la empresa grandiosa de unión de los dos océanos, el Pacífico y el Atlántico, por el Canal de Panamá. Fue en 1513 cuando este conquistador de aquella época de España heroica descubrió el Istmo.

La trascendencia de la reunión en Washington de todos los jefes de Estado de América Latina, para ser testigos de este acto de justicia internacional, expresión de la solidaridad inquebrantable de la comunidad latinoamericana, se constituye igualmente en el hecho histórico que va a cambiar de manera radical y afirmativa las relaciones entre la América del Norte y la América Latina. A ello se une, Su Majestad, la noticia que usted me comunicó que en el mismo día de ayer envió un telegrama a Washington para hacerse solidario en nombre de España con el acto histórico que allí se estaba realizando.

Tenemos confianza en que el Congreso de los Estados Unidos, consciente de sus responsabilidades hemisféricas y de la significación que para el continente tiene este acuerdo que realza y ennoblece al pueblo de los Estados Unidos, dé su aprobación al Tratado recién firmado, y así signifique su decisión una mano tendida del pueblo de los Estados Unidos de Norteamérica a la América Latina y una expresión de la nobleza y del ejemplo de una sociedad libre, que lucha auténticamente por la equidad y la justicia internacionales.

Venezuela demuestra una vez más su vocación universalista, presente siempre en nuestras ejecutorias como individuos y como pueblo. Simón Bolívar así nos lo enseñó y su lección es perenne compromiso histórico en nuestra acción. De Bolívar afirmó Rufino Blanco Fombona: «Ningún español más español que este americano. El genio fecundo de España reflorece en el nuevo mundo. Los hijos no niegan a sus padres... Bolívar sirve de prototipo... Evidente en su genio la raíz hispánica. Hay que reconocerlo quiérase o no, como representativo de este genio nacional, aunque en Bolívar aparece el genio español algo distinto, por influencia de la replantación de la raza hispana en otro continente. Por eso Bolívar representa otro modo de ser español.» Y cuando en los últimos días de su vida, en camino a morir en San Pedro Alejandrino, su generoso anfitrión, el español don Joaquín De Mier, le mostró en su Biblioteca un ejemplar de Don Quijote, el Libertador comentó: «El hombre como debiera ser».

Sus Majestades: Venezuela y sus valores culturales están íntimamente ligados a los de España como los de España están ligados a los de Venezuela y América Latina.

Venezolanas, venezolanos, españolas, españoles de la península y de las islas Canarias:

Convoquemos nuestra reflexión en este día bicentenario de Venezuela para repasar nuestra historia y mirar adelante, con optimismo, fe y voluntad creadora, el camino que nos llevará hacia la gran Venezuela que estamos construyendo con la participación y el esfuerzo de todos. ¡Manos a la obra!

EL REY, EN LA RESIDENCIA PRESIDENCIAL DE LA CASONA

Ciudad de Caracas
8 de septiembre de 1977

Señor Presidente:

La Reina y yo queremos expresaros nuestra satisfacción al encontrarnos en tierra venezolana y os reiteramos nuestro agradecimiento por esta nueva ocasión que nos brindáis de entrar en contacto con la realidad de vuestro país.

En recuerdo del Rey Carlos III, ese gran Monarca que nuestros pueblos compartieron, nos habéis incorporado a la conmemoración de la Real Cédula de 1777. No es éste, el único motivo histórico que nos ha impulsado en nuestro afán de realizar esta visita oficial.

La primera vez que pasamos por Caracas, nuestra estancia fue fugaz. Cumplió el solemne propósito de nuestra ofrenda ante la tumba del Libertador y anudó nuestra amistad, prolongación lógica de la que une a nuestros pueblos, pero que ha encontrado esos cauces de entendimiento humano que estoy seguro tánto ha de beneficiar las relaciones entre nuestros dos países.

Quedó entonces sin cubrir, por falta de tiempo, una finalidad que es parte muy principal en una visita de Estado, cuando de países hermanos se trata. El contacto en profundidad y con la realidad nacional del país visitado; con el pueblo y sus gobernantes.

Un Rey de España no puede olvidar que la costa de Venezuela fue la primera tierra firme que vieron los ojos del Descubridor. La riqueza de su geografía abrió el pórtico del asombro que, ante las dimensiones continentales americanas y sus bellezas, hemos sentido luego cuantos hemos llegado a este litoral privilegiado. Colón cayó de rodillas ante la desembocadura del Orinoco.

A esta segunda motivación histórica de nuestras anticipaciones venezolanas se une, pues, la curiosidad por ver de cerca la espléndida realidad que hoy constituís. Movilizados vuestros recursos naturales, estáis protagonizando, en pleno último tercio del siglo, una aventura ingente de desarrollo y capacitación de vuestro país. Con las dificultades que nos imponen las leyes de mercado actuales; con las complicaciones sobrevenidas por la sofisticación tecnológica alcanzada, imprescindible en el orden competitivo en el que estamos sumidos; con la angustia que se deriva del increíble ritmo de evolución vigente, la Venezuela de hoy se ha embarcado en el esforzado empeño de una transformación profunda. Con ello cumplís con esa máxima de Simón Bolívar, cuando aseguraba que «con valor se acaban los males».

Somos testigos de excepción de vuestro tesón. Hemos empezado a recibir en España los primeros grupos de los cinco mil reservistas de vuestras Fuerzas Armadas para su capacitación profesional acelerada. Por ambas partes constituye un esfuerzo eficaz y serio. España se brinda a proseguir esta vía de cooperación y desea extenderla a cuantos sectores puedan convenirse como interesantes.

En este sentido, la ciencia, la tecnología, las realizaciones industriales y las manifestaciones culturales de mi país están prestas a articularse en planes de mutua colaboración. A ellos prestaremos nuestro más firme apoyo, dotándoles de los recursos necesarios. Mi Gobierno entiende que la acción de cooperación, conjunta y en plano de igualdad, con los países de Iberoamérica, es tarea prioritaria, a la que no cabe regatear medios.

Señor Presidente:

Este es, en síntesis, el espíritu con el que hemos venido a veros. Estoy seguro que el encuentro de Venezuela y España, simbolizado en esta visita, será un escalón firme sobre el cual sabremos edificar las relaciones bilaterales que la comunidad de nuestras patrias hermanas reclama, en su deseo de lograr un porvenir de justicia, de libertad y de bienestar.

Gracias por vuestra hospitalidad. Brindo por la grandeza de vuestro empeño nacional, por su éxito, por la felicidad venturosa del pueblo venezolano y por nuestra mutua amistad.

EL REY, ANTE LA COMISIÓN DELEGADA DEL CONGRESO NACIONAL DE VENEZUELA

Ciudad de Caracas
9 de septiembre de 1977

Señor Presidente,
Señores Senadores y Diputados:

La Real Cédula de 8 de septiembre de 1777, cuyo Bicentenario se conmemora en esta Sesión Solemne, motiva mi presencia hoy aquí, como Rey de España y como descendiente directo de aquel Monarca que, al firmar la Cédula, regía los destinos comunes de nuestros dos pueblos. Es, pues, una fecha y una decisión que a todos nos incumbe.

Firmada en San Ildefonso de La Granja por el Rey Carlos III, la Cédula atribuía a la Capitanía General de Venezuela, «en lo gubernativo y en lo militar», las provincias de Cumaná, Guayana y Maracaibo, y las islas de Trinidad y Margarita. Con tal decisión, quedaba prefigurada la integración territorial de la actual República de Venezuela, según se había de plasmar en el primer tercio del siglo pasado.

La decisión, con su motivación fundamentada en una racionalización administrativa de orden lógico, llevaba el sello evidente del pensamiento ilustrado del momento. En ese espléndido reinado de la Dinastía, la nación hizo un esfuerzo ímprobo, a través de sus minorías rectoras, para adecuar sus estructuras a las necesidades de la época. El impulso se hizo notar en todos sus dilatados confines. Un flujo de modernidad penetró, lleno de vida, activando y tonificando los viejos resortes.

Venezuela, con las reformas que entonces se introdujeron en las prácticas comerciales y administrativas, fue destinataria privilegiada de esas medidas y de su espíritu. El clima de intelectualidad que germinó en Caracas hizo posible la floración inmediata de unas generaciones en las que, junto a Bolívar, figuraron nombres de la dimensión de Miranda, Sucre y Andrés Bello.

Los nuevos aires de la ilustración española renovaron con acierto las concepciones de gobierno, sin por ello quebrantar las esencias de la obra en América. Aquel poder imperial, único en el mundo que sintió un grave problema de conciencia —al decir de uno de nuestros preclaros pensadores de hoy—, escenificó un gran esfuerzo de renovación profunda a los dos siglos y medio de su existencia. Todo ello en medio de la paz hispánica. Otro de vuestros más conocidos intelectuales, con la independencia de criterio que le caracteriza, en un libro de resonante y reciente éxito, llamaba la atención sobre el hecho de que, «desde la consumación de la conquista hasta las guerras de Independencia, en Hispanoamérica va a existir una asombrosa paz, mantenida casi sin tropas, lo cual demuestra que las ciudades no fortificadas, sede de los poderes civiles y eclesiásticos, y rodeadas de haciendas, configuraron un orden político notablemente exitoso». No en balde, como dijo otro autor, la nación venezolana se hizo y cobró los rasgos de su fisionomía y su carácter durante los trescientos años que precedieron a la independencia.

Paz de tres siglos apenas quebrada y que las reformas ilustradas reforzaron durante un tercio de siglo, hasta que los clarines populares resonaron en favor de la libertad, a uno y a otro lado del Atlántico, manifestándose aquí en la floración independiente de dieciséis Repúblicas y allí en las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812.

A partir de entonces, aquí y allá, las aspiraciones democráticas de los movimientos populares tropezaron frecuentemente con serios obstáculos para ver consolidadas sus aspiraciones. Simón Bolívar, con su agudo sentido político, había observado que «la libertad se halla de ordinario enferma de anarquía». Por desgracia, en nuestro medio, los ideales y las intransigencias de unos y de otros, han venido planteando situaciones que no siempre encontraron la clara inteligencia y la mano serena y firme, capaz de consolidar con eficacia la libertad concordante deseada por la ciudadanía. Una libertad que sólo puede conseguirse dentro del orden y del respeto mutuo de las personas, porque la libertad de cada uno ha de estar siempre limitada por la libertad de los demás.

Hoy podemos afirmar con satisfacción que Venezuela y España se encuentran firmemente embarcadas en este camino de una plena y eficaz representatividad. El proceso ha sido lento y trabajoso. Vuestro ejemplo fue, en su día, una prueba clara de cómo el pueblo puede lograr un amanecer de libertad y la consolidación de unas instituciones de democracia viva, a través del esfuerzo, la moderación y la participación activa de los ciudadanos. Una floración de dirigentes de diversas tendencias, sazonados en la lucha política, tomaron sobre sí la ingente tarea de articular unas estructuras y una legalidad que han ido instalándose con firmeza en la conciencia y en los usos políticos de la Nación. La realidad de la Venezuela de hoy, los procesos de selección de los candidatos a la Presidencia de la República dentro del seno de los grandes Partidos mayoritarios, y la activa vida institucional a todos los niveles, delatan una profundización creciente de vuestro quehacer democrático, del que justamente pueden sentirse orgullosas las generaciones venezolanas que lo han hecho posible.

Por nuestra parte, quiero transmitiros la íntima satisfacción que me embarga al dirigiros la palabra, como Rey de una nación moderna.

El proceso que en los últimos tiempos está viviendo España ha estado fundamentalmente dirigido a crear el marco en el que todas las fuerzas representativas del país pudieran aportar su esfuerzo conjunto a la vida de la sociedad española, bajo la Institución monárquica, cuya representación me corresponde encarnar.

Por encima de contingencias circunstanciales, más allá de los problemas presentes, superando el pasado pero recogiendo de él la valiosa experiencia y la inolvidable herencia de nuestra historia, queremos encaminarnos hacia un futuro de paz y de progreso, con sentido de permanencia e idea de comunidad.

Porque la nación española no está formada solamente por quienes en un momento dado vivimos en su territorio, sino que asimismo la integra el espíritu de cuantos a través de los siglos han contribuido con su trabajo, con sus acciones y con su entusiasmo a transmitirnos el legado de sus obras y el recuerdo de sus esfuerzos.

Contribuirán además a perpetuarla y engrandecerla los que han de sucedernos en el futuro.

Como hace años dijo un ilustre estadista, «de la misma manera que un río no es tan sólo el caudal de agua que en un determinado momento discurre por su cauce, sino que lo forman las que a través de los años han reflejado los más variados acontecimientos y las que seguirán bañando sus orillas en el porvenir», España es también la suma de los que nos precedieron y de los que han de seguirnos, de los que viven dentro de nuestras fronteras y de los que desde tierras lejanas mantienen viva la añoranza del pueblo que les vio nacer.

La Monarquía hace posible esa continuidad que tan necesaria es para que puedan conseguirse los supremos y permanentes fines que constituyen la esencia de la Patria.

Como Rey de España y como español, me doy perfecta cuenta de la responsabilidad que me incumbe y de la importancia de una misión, que está por encima de circunstancias mudables. Pero precisamente esa importancia y esa responsabilidad me dan fuerza para entregarme sin reservas a ese servicio de mi pueblo y a la consecución de una auténtica concordia nacional.

En pos de esos objetivos, los españoles han podido participar libremente, en el marco de un amplio espectro de opciones y de posibilidades partidistas, en la determinación y elección de sus legítimos representantes. El Gobierno, por otra parte, ha dado pruebas abundantes de su voluntad de integrar las peculiaridades culturales y regionales que componen la nación española en un conjunto armónico de derechos, de reconocimiento y de responsabilidades. En los momentos actuales el Gobierno y las Cortes tienen en avanzado proceso de estudio y puesta en práctica las medidas oportunas para que esas peculiaridades sean adecuadamente garantizadas bajo normas legales que aseguren, tanto la consecución de un proceso administrativo y político de descentralización, como la salvaguarda de la unidad y de la integridad territorial de la España que nuestros mayores nos legaron. Será este un proceso en donde las Cortes de la Nación habrán de pronunciarse en fecha próxima en el marco de las adecuadas normas constitucionales y legales.

Junto a los esquemas puramente políticos, necesarios para la construcción de la democracia, el Gobierno de la Monarquía ha tenido también muy en cuenta especialmente las necesidades encarnadas en los aspectos económicos de dicha democracia. Un país como España, decididamente embarcado en estructuras modernas de producción y de tecnología, encuadrado por capacidad y nivel de desarrollo en el contexto de las naciones industriales de nuestro tiempo, requería necesarias y urgentes medidas económicas pensadas en función del equilibrio de la economía española. La lucha contra la inflación, la lucha contra el paro, la mejora de las estructuras productivas han sido consideradas en esa acción gubernamental que, a su vez, ha sentado las bases para una nueva fiscalidad que canalice los recursos disponibles en beneficio de la comunidad nacional globalmente considerada. Y todo ello concebido en el marco de una economía libre de mercado.

Esa descripción de los perfiles y de la voluntad subyacente en el proceso político español no sería comprensible sin una especial referencia a los derechos humanos y a su respeto. Constituyen ellos la clave del arco indispensable para comprender los propósitos que hoy animan a nuestro pueblo. La evolución que a grandes rasgos he descrito, tiene como último cimiento una profunda creencia en la dignidad de la persona humana, y en sus necesidades y derechos de libertad, justicia y paz.

En todo ese proceso, y en el que nos depare los años venideros, la Corona ha simbolizado y quiere simbolizar la unidad de nuestra nación, resultado libre de la voluntad decidida de incontables generaciones de españoles. Hace todavia pocas semanas, el 22 de julio de 1977, al dirigirme a las Cortes en la Apertura de la Legislatura, y al convocar a los representantes populares a una colaboración plena y decidida para conseguir una España «armónica en lo político, justa en lo social, dinámica en lo cultural y progresiva en todos los aspectos», me refería a la función integradora de la Corona y a su poder arbitral. La Corona quiere ser punto de referencia, lazo de unión, cauce de diversidad, consagración del pluralismo, garantía última de la convivencia democrática sobre la base del respeto a la ley, manifestación de la soberanía del pueblo.

Con todo ello, señores Senadores y Diputados, puedo afirmar hoy, con legítimo orgullo y gran satisfacción, que España cuenta con una organización comunitaria democrática en lo político, progresivamente afirmada en los valores de justicia en lo social, abierta y libre en lo cultural. España está cobrando conciencia de sus posibilidades y de sus virtualidades y la satisfactoria evolución que está registrando su política doméstica, permite a mi pueblo encarar con realismo el papel indudablemente importante que le corresponde, por su potencialidad y por su historia, en la esfera internacional.

No podemos ni queremos redefinir las bases permanentes de nuestra política exterior. Con independencia de las alternativas políticas que mi país haya podido conocer a lo largo de los años, nuestra política exterior, como la de cualquier otro país, ha sido tributaria, de una historia, de una geografía, de unos datos económicos, de un determinado contexto internacional. Pero el conjunto de esos datos, son hoy susceptibles de una nueva mirada, de una más positiva influencia, precisamente en virtud de las posibilidades encerradas en una comunidad nacional organizada en la justicia, libremente asociada y consecuente de sus responsabilidades.

Queremos —y creemos posible— una política exterior activa, firmemente anclada en unos principios, pero al mismo tiempo, capaz de una consideración realista y flexible de nuestros intereses nacionales.

España es Europa, y en virtud de esta constatación inmediata que tantos datos abonan en la historia, en la geografía y en la cultura, mi Gobierno ha presentado recientemente su solicitud de adhesión a la Comunidad Europea. España es y se siente profundamente occidental, y está dispuesta a asumir los derechos y las obligaciones que le corresponden como miembro de una comunidad de valores y de aspiraciones.

Pero España, además de Europa, siente y vive su vinculación americana, de una manera radical y plena. Nos ligan tres siglos de historia, vividos en común. Nos une el mismo idioma, una tradición religiosa e institucional surgida de las mismas fuentes y una concepción del mundo y de la existencia de idéntico origen. En cada familia española pervive el recuerdo de cuantos se fueron a América y muchas son las que, hoy mismo, se encuentran repartidas a ambos lados del Océano. España, histórica, social y culturalmente, es ininteligible sin su vertiente americana.

En consecuencia, hoy como ayer, la política exterior española se orientará, con atención preferencial, hacia las Repúblicas hermanas de este Continente. Se trata de una «constante» inscrita en el cuadro de sus prioridades. El Gobierno ha definido claramente su posición al respecto.

A su entender, las relaciones de España con Iberoamérica, más que con cualquier otra área del mundo, exigen una armonía de todos sus elementos, basada en un «principio de interdependencia», por lo cual, los diversos aspectos —el político, el económico, el cultural o el de cooperación— se entrelazarán y coordinarán de tal forma que, el refuerzo de uno, automáticamente irá acompañado de una similar y simultánea potenciación de los demás.

Asimismo, los proyectos que en el futuro se anuncien, habrán sido sometidos previamente a un detenido proceso de verificación de su factibilidad en relación con el cuadro que, en cada momento, ofrezcan nuestras posibilidades. Nuestra política en este continente dejará de ser declarativa y lírica, y se atendrá a un «principio de credibilidad» exigente. Complementariamente, todo empeño, una vez iniciado, se proseguirá con perseverancia hasta agotar sus propias potencialidades, cumpliendo con un ineludible «principio de continuidad».

Constituye igualmente un eje en los propósitos del Gobierno, dentro de la más fiel tradición de los usos internacionales interamericanos, el aplicar un «principio de indiscriminación», dando a la Doctrina Estrada la interpretación más extensiva posible, sin faltar por ello a las exigencias lógicas y éticas vinculadas al respeto de los Derechos Humanos, firmemente asentados en la tradición del pensamiento legal y humanista que hemos compartido desde el siglo XVI.

Finalmente, dentro de los principios rectores de aplicación en nuestra política americana, mi Gobierno se atendrá en sus acciones a un auténtico «principio de comunidad», descartando toda decisión o línea de acción que no pueda ser enmarcada en un cuadro general de concurrencia de los intereses compartidos por todas las Repúblicas iberoamericanas.

Al proyectar su política sobre esas coordenadas, mi Gobierno ha entendido que, para su articulación eficaz y ágil, era ineludible la previa reestructuración de su acción administrativa de cara a Iberoamérica. Un Centro Iberoamericano de Cooperación, adecuadamente dotado de los amplios medios que hoy se requieren para los fines propuestos, orientará su acción hacia la investigación detallada de la compleja realidad actual y futura de la comunidad, formará para ello los especialistas que se requieren, estudiará las necesarias y las posibles maneras de hacer frente a ellas y ofrecerá sus resultados, tanto a los Gobiernos, como a las entidades públicas y privadas. El Centro estará desde el primer momento abierto a la colaboración de todos y buscará la cooperación de quienes, por vocación y por especialidad, comparten la fe y la urgencia con que desde allí deseamos la vigencia real y la prosperidad de esta América que nos es tan entrañable.

Señor Presidente,
Señores Senadores y Diputados:

Agradezco vuestra amable invitación a esta Sesión Solemne. La Monarquía que ayer encabezaba el afán reformista de la España Ilustrada —uno de cuyos actos nos congrega en esta celebración—, se honra hoy en el esfuerzo decisivo y ejemplar que vive el pueblo español.

La Corona, gracias a él, se proyecta hacia América como símbolo de una España moderna y a la altura de los tiempos, impulsada por su gran potencial humano, en el que la juventud de su demografía media se conjuga con la energía con que ésta depura su preparación técnica y la vitalidad responsable y serena con que aborda sus problemas y aspiraciones.

Una España que tiene el decidido propósito de constituirse en un factor constructivo y de cohesión en el mundo de hoy; en una fuerza de paz y de armonía, respetuosa de sus principios éticos tradicionales y del derecho de gentes vigentes; atenta a la necesidad de articular un orden económico mundial más equitativo y más justo.

Una España que dará preferencia a sus afinidades históricas, culturales y familiares; consciente de que el núcleo de naciones hermanas a la que pertenece, dista aún de lograr el peso y la preponderancia que por su importancia le corresponde; y comprometida a encauzar sus esfuerzos y sus recursos, dentro de sus posibilidades, para coadyuvar a impulsar un creciente protagonismo iberoamericano en el escenario internacional.

Una España, en fin, que desea que sus relaciones con Venezuela se consoliden como modelo de lo que deben ser los intercambios integrales en el seno de la comunidad iberoamericana de naciones.

Señor Presidente,
Señores Senadores y Diputados:

En una ocasión solemne como la de hoy, termino haciendo votos por la creciente prosperidad y bienestar de la nación venezolana y por el progresivo y permanente florecimiento de sus instituciones.

Muchas gracias.

EL REY, EN SU VISITA A LA «HERMANDAD GALLEGA» DE CARACAS

Ciudad de Caracas
9 de septiembre de 1977

Señor Presidente de la «Hermandad Gallega» de Caracas:

La gira americana de un Rey de España es también la visita a los españoles residentes a este lado del Atlántico. Una visita que nos viene directamente del corazón, con el deseo de saludaros y de traeros el recuerdo siempre vivo de la España que dejasteis.

Pronto se cumplirán quinientos años de la primera llegada de españoles a América y, desde aquella ya lejana fecha de 1492, este continente ha visto aparecer oleada tras oleada de compatriotas nuestros, dispuestos a labrarse, con su esfuerzo y con su ingenio, un porvenir digno y seguro.

Galicia participó en la empresa desde el principio. Santiago fue el patronímico que con mayor frecuencia se entronizó en el Nuevo Mundo, al darle nombre a las ciudades de nueva creación. De manera natural, las familias gallegas, en el lar, hablaban y hablaban de sus parientes «que fueron para América». Se van a cumplir cinco siglos de tradición y, con la perspectiva de hoy, podemos afirmar que, esta América tan entrañable y que tanto nos vincula, lleva de alguna manera el sello del esfuerzo gallego, así como Galicia se abre y se complementa a través de sus hijos de esta orilla.

La Reina y yo conocemos el apego con que mantenéis vuestras costumbres; de que las virtudes ancestrales y sólidas, de la Galicia de siempre, perviven en vuestros hogares como ejemplo para vuestros hijos; que vuestra laboriosidad, tenaz y seria, es la garantía segura de vuestro propio futuro y el de esta tierra que tan generosa acogida os ha dispensado.

En esta hora de fraternal entendimiento entre Venezuela y España, yo he querido expresaros hoy aquí el respeto profundo que sentimos hacia cuanto significa vuestra presencia en América, la fe que tenemos en el éxito de vuestro trabajo y la simpatía con que siempre esperamos vuestras visitas al terruño y a las familias que allí os esperan y añoran. Vuestra «morriña» se ve compensada por la que allí tenemos de vosotros.

Con esa nostalgia, como expresión de un permanente recuerdo, y con vuestras virtudes como seguridad de un futuro próspero, decid conmigo

¡Viva Galicia!

¡Viva España!

EL REY, EN EL «HOGAR CANARIO» DE CARACAS

Ciudad de Caracas
9 de septiembre de 1977

Señor Presidente del Hogar Canario de Caracas:

Con particular y viva emoción, la Reina y yo acudimos hoy a este Hogar, para saludaros con el afecto y la simpatía que siempre despiertan en nosotros cuantos españoles están lejos de la Patria.

Pensamos mucho en vosotros y nos satisface conocer vuestras actividades y éxitos en una tierra tan acogedora y llena de posibilidades como es la venezolana. Sabemos con cuánto tesón y esfuerzo habéis planteado vuestras vidas de trabajo y empresa. Comprendemos perfectamente el mérito que entraña y os felicitamos por ello. Os alentamos a proseguir en vuestros afanes, con la honradez, la seriedad y la entrega que siempre ha caracterizado a la emigración española.

Entre las paredes de este gran «Hogar», nuestro recuerdo se escapa hacia las Islas Canarias, tan cercanas a nuestro corazón y tan presentes siempre en nuestras preocupaciones. Saludamos desde aquí a esa maravillosa España insular del Atlántico, adelantada en la gesta del Descubrimiento y partícipe fundamental de toda la obra de España en América.

De una manera muy particular, la huella canaria de Venezuela y su aportación a la espléndida realidad que es hoy esta entrañable República americana, es un timbre de gloria para las Islas, de la que toda España se siente orgullosa. Nos es muy grato venir a dar testimonio de ello, precisamente aquí, en el Hogar Canario de Caracas, donde os reunís habitualmente cuantos, a justo título, os sentís depositarios y actores, a la vez, de tan brillante empresa.

En recuerdo de cuantos os precedieron y en honor de vuestro esfuerzo actual, gritad conmigo

¡Viva Canarias!

¡Viva España!

DECLARACIÓN DE LOS JEFES DE ESTADO DE ESPAÑA Y VENEZUELA

Al concluir la visita de Su Majestad el Rey de España, Don Juan Carlos I, invitado por el Presidente de la República de Venezuela, señor Carlos Andrés Pérez, con motivo de la celebración del Bicentenario de la Real Cédula dictada por Carlos III el 8 de septiembre de 1777, ambos Jefes de Estado declaran que:

«Analizaron importantes asuntos políticos, económicos y culturales, que conforman las relaciones entre ambos países, y reconocieron profundamente complacidos la existencia de una comunidad de pueblos latinoamericanos, cuyo fortalecimiento constituye una aspiración profunda y esperanzadora del pueblo venezolano y del pueblo español.

Estudiaron la posición internacional de cada uno de los dos países, destacando la importancia de la cooperación mutua, de todos los órdenes, en las relaciones internacionales, y de una más equitativa correlación de los términos de intercambio del comercio internacional.

Reafirmaron el propósito de fortalecer, robustecer y enaltecer las cabales expresiones de los ideales de libertad, respeto a la dignidad humana y progreso social para perfeccionar la democracia, considerándola como el mejor sistema de gobierno para lograr la efectividad de la protección de los derechos humanos.

Reiteraron la adhesión de sus respectivos Gobiernos a los principios rectores de las relaciones entre los Estados, de acuerdo con las normas del Derecho internacional, particularmente los relativos a la igualdad jurídica y soberana de los Estados, la no intervención, la integridad territorial, la solución pacífica de las controversias internacionales, la renuncia a la amenaza o al uso de la fuerza y el fiel cumplimiento de los compromisos contraídos.

Coincidieron, en ese sentido, en respetar el derecho soberano de cada pueblo a escoger libremente su sistema político, económico y social, como condición imprescindible para el armónico desarrollo de los vínculos entre los Estados, condenando las situaciones coloniales que aún subsisten y las prácticas discriminatorias y demás formas de dominación actuales, conviniendo en que su eliminación definitiva constituiría una aportación decisiva y, por tanto, urgente, a la causa de la paz, la justicia y el bienestar de los pueblos.

Destacaron su total identificación con los ideales que motivaron la creación de las Naciones Unidas. Reafirmaron que la Organización es el foro adecuado para el análisis y solución de los problemas mundiales y reconocieron la conveniencia de robustecerla para asegurar la efectiva participación del mayor número posible de pueblos en el proceso de elaboración y adopción de decisiones que afectan al destino de la humanidad.

Condenaron todas las formas de discriminación racial, en especial la práctica del Apartheid, violatorias de los principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas.

Reafirmaron que sus países continuarán trabajando para afianzar la paz y la seguridad internacionales y acordaron intensificar los esfuerzos en que se encuentra comprometida la humanidad para llevar adelante la causa del desarme general y completo.

Expresaron su convicción de que la aplicación científica y tecnológica de la Energía Nuclear con fines pacíficos es determinante para el progreso de la humanidad y coincidieron en que se debe reconocer el derecho de todos los países de utilizar ese recurso energético en beneficio de su desarrollo economicosocial. Afirmaron, no obstante, la necesidad de evitar que la energía nuclear sea utilizada con fines no pacíficos.

Compartieron el criterio de que el terrorismo es una amenaza que pone en peligro la vidas de personas inocentes y la paz. Coincidieron en que las actividades de esta naturaleza deben sancionarse de acuerdo con regulaciones jurídicas de carácter mundial y declararon su posición de apoyar, a un nivel bilateral e internacional, iniciativas concretas que permitan combatirlo eficazmente.

Subrayaron la necesidad de continuar el diálogo constructivo ya iniciado en la Conferencia de Cooperación Económica Internacional, dentro del marco de las Naciones Unidas, para atender al desarrollo y la cooperación económica entre los Estados y favorecer el establecimiento de un Nuevo Orden Económico Internacional basado en una profunda reestructuración que asegure una auténtica justicia entre los pueblos.

Expresaron la esperanza de que la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar alcance logros justos y equitativos que permitan satisfacer las aspiraciones de los pueblos.

Convinieron en que el intercambio de Informaciones entre los Jefes de Estado, durante la presente y difícil coyuntura internacional, contribuye decisivamente a propiciar acuerdos que permitan a los países en vías de desarrollo afrontar conjuntamente problemas como los de su decreciente participación en el comercio mundial, el descenso de los precios de los productos primarios, las onerosas condiciones de las transferencias de capital y la creciente tendencia a recurrir a las prácticas proteccionistas y discriminatorias para limitar el acceso a los mercados de los productos primarios, semimanufacturados y manufacturados de los países en desarrollo.

En el ámbito de las relaciones latinoamericanas, expresaron su satisfacción por el buen éxito de las negociaciones entre Panamá y los Estados Unidos que culminaron en los Tratados firmados en la sede de la Organización de los Estados Americanos, el 7 de septiembre de 1977, sobre los aspectos jurisdiccionales y económicos del Canal que satisfacen la legítima aspiración de Panamá de recobrar su soberanía sobre la totalidad de su territorio y constituyen un modelo de entendimiento, por vía pacífica y amistosa, que los dos países interesados ofrecen como ejemplo a la sociedad internacional.

En relación con la integración económica de América Latina y la cooperación regional, manifestaron su confianza en los objetivos contenidos en el Convenio de Panamá, constitutivo del Sistema Económico Latinoamericano (SELA), destinados a propiciar la mejor utilización de los recursos humanos, naturales, técnicos y financieros de la región.

Examinaron, igualmente, el excelente y prometedor estado de las relaciones bilaterales. La instauración y evolución del sistema democrático en España y en Venezuela, han abierto mayores cauces de entendimiento y la colaboración entre ambos países, que convinieron en aprovechar en beneficio mutuo y de la Comunidad de la que forman parte.

Coincidieron en expresar su interés por el afianzamiento y la intensificación de las relaciones culturales entre los dos países, basados en los postulados previstos en el Convenio de Cooperación Cultural suscrito entre España y Venezuela.

Subrayaron la importancia de lograr una más estrecha colaboración en la realización de programas educativos y culturales, destacando la deseable cooperación para el estudio del ”Inventario de los Factores Culturales de Venezuela en el aspecto hispánico” que realizarán el Consejo Nacional de la Cultura y el Centro de Estudios de Fuentes Culturales de la Biblioteca Nacional de Venezuela.

Expresaron su satisfacción por las fructíferas entrevistas celebradas, que robustecerán la tradicional y cordial amistad entre los dos países, traduciéndose en beneficiosas coincidencias entre ambas naciones, en numerosos aspectos que han de contribuir a su desarrollo económico y a una adecuada coordinación sobre materias de interés común.»

El Rey de España agradeció las innumerables atenciones y muestras de afecto de que han sido objeto, la Reina y El, durante su estancia en Venezuela y formuló al Presidente de la República una invitación para que realice una visita oficial a España. El Presidente don Carlos Andrés Pérez aceptó complacido.

Caracas, 10 de septiembre de 1977.

COMUNICADO CONJUNTO DE LOS CANCILLERES DE ESPAÑA Y VENEZUELA

Por invitación del Presidente de la República de Venezuela, señor Carlos Andrés Pérez, y de su señora esposa, Blanca Rodríguez de Pérez, Sus Majestades los Reyes de España, Don Juan Carlos I y Doña Sofía, realizaron una visita de Estado a Venezuela, entre los días 8 y 10 de septiembre, coincidiendo con la celebración del Bicentenario de la Real Cédula dictada por Carlos III, el 8 de septiembre de 1777.

Sus Majestades los Reyes de España y los distinguidos miembros de su comitiva recibieron una cálida acogida de parte del pueblo y Gobierno de Venezuela, la cual reflejó la existencia de una comunidad histórica y la voluntad de fortalecer más aún los vínculos tradicionales de amistad que han unido a ambas naciones.

A la vista de la Declaración formulada por ambos Jefes de Estado y de las conversaciones que sostuvieron, en las que participaron los dos Cancilleres, los Ministros que suscriben decidieron, de común acuerdo, expedir el presente Comunicado:

En el intercambio de puntos de vista sobre distintos aspectos de la política internacional de los dos países y de las relaciones bilaterales, el Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela expuso los lineamientos de la política exterior venezolana tanto continental como extrácontinental.

Por su parte, el Ministro de Asuntos Exteriores de España hizo una exposición de los «principios rectores» y de los «ejes conceptuales» fijados por su Gobierno como marco general de referencia por el que ha de regirse la política exterior de España con relación a Latinoamérica y, en el plano de las realizaciones ya logradas, trazó el cuadro de crecimiento substancial de los intercambios comerciales, la significativa incorporación de España como miembro del Banco Interamericano de Desarrollo y el esfuerzo general realizado en el plano de la cooperación cultural, científica y técnica.

Las dos Partes se han felicitado por el notable incremento de las relaciones de cooperación técnica entre ambos países en numerosos sectores, entre los cuales destacan los de Sanidad, Veterinaria, Alimentación, Navegación, Formación Militar, Correos y Telecomunicaciones, Turismo y Radiodifusión y Televisión.

Han coincidido en que la investigación científica y la utilización de nuevas tecnologías son factores que dinamizan los procesos de desarrollo en el mundo actual y manifestaron la necesidad de intercambiar conocimientos y poner en ejecución programas conjuntos en esas materias, dentro del Convenio Básico de Cooperación Técnica vigente entre ambos países.

Han convenido en la necesidad de concretar la cooperación científica y técnica entre los dos países para el uso pacífico de la energía nuclear, mediante acuerdos complementarios al Convenio Básico de Cooperación Técnica.

A este respecto han considerado conveniente estimular los contactos ya establecidos entre el Consejo Nacional para el Desarrollo de la Industria Nuclear de Venezuela (CONAN) y la Junta de Energía Nuclear de España (JEN). Han observado con agrado el proceso avanzado de las negociaciones de un Acuerdo sobre Energía Nuclear entre ambos Gobiernos y reiterado el criterio de evitar desviaciones en su uso que constituyan una amenaza para la vida sobre la tierra y la necesidad de convertirla plenamente en instrumento para el Desarrollo del Hombre.

Han constatado con especial satisfacción el creciente desarrollo de los programas de cooperación en la Formación Profesional en especial la formación en España de 5.000 Reservistas venezolanos.

En el terreno específico de la cooperación económica, ambas Partes han analizado con detalle el conjunto de sus relaciones y de forma concreta han llegado a las conclusiones siguientes:

Se ha estudiado y programado con especial interés el capítulo de la formación profesional, tanto en el campo general de la cooperación como en el de las nuevas oportunidades que se presenten entre ambos países, y se ha constatado con satisfacción los excelentes resultados alcanzados. Específicamente se ha contemplado la formación de especialistas, a todos los niveles, en el campo de la construcción naval y en el de la petroquímica.

En breve plazo, una misión venezolana se trasladará a España para estudiar la puesta en práctica de los programas españoles de educación, utilizando la Televisión educativa así como la formación a través de la Universidad a Distancia o Abierta.

Asimismo, la cooperación entre ambos países se extenderá a la creación en Venezuela de un Instituto Tecnológico que propicie la colaboración tecnológica hispano-venezolana para impartir las correspondientes enseñanzas.

En el campo de la protección de la vida y en consecuencia de los ambientes y de los recursos naturales, ambos Gobiernos se comprometen a intensificar sus esfuerzos para hacer efectivas las políticas en materia de cooperación en los sectores de la zoología y ecología, y de forma muy concreta potenciar la Estación Biológica del Frío, situada en los llanos de Venezuela, estimulando el intercambio de científicos entre los dos países, y estudiando la forma más adecuada para dotar dicho centro de los medios necesarios para desarrollar sus actividades.

En el sector pesquero, se ha acordado por ambas Partes intensificar los esfuerzos ya realizados para constituir empresas mixtas o para llegar a acuerdos de cooperación entre empresas españolas y venezolanas.

En el terreno de la petroquímica, se encuentran muy avanzadas las conversaciones para la constitución de una empresa mixta hispano-venezolana que desarrollará sus actividades en este campo.

Con objeto de fomentar al máximo y por todos los medios el estímulo para incrementar las relaciones económicas y de otros órdenes, entre ambos países, se intensificará y se enriquecerá la colaboración hispano-venezolana en el ámbito del transporte aéreo y marítimo. Con el propósito de examinar la posible modificación de las disposiciones existentes, para facilitar el ingreso de los nacionales de uno a otro país, ambas Partes revisarán las normas actualmente en vigor.

Para evaluar el funcionamiento de los grupos de trabajo sectoriales establecidos al amparo del Convenio de Cooperación Económica y el progreso de los mecanismos establecidos, para avanzar en los proyectos ferroviarios, naval, automotriz, red de frío, y para reincorporar de común acuerdo nuevas iniciativas en sectores que se juzgue de interés para las Partes, se resuelve crear una Comisión Ministerial que se designará por la vía diplomática correspondiente y que se reunirá alternativamente en España y Venezuela, cuando menos una vez al año, celebrando su primera reunión en Caracas antes del fin del presente año.

En presencia de ambos Jefes de Estado se han suscrito los siguientes documentos:

Acuerdo de Cooperación Técnica complementario del Convenio Básico de Cooperación Técnica para la creación de un Organismo Nacional de Formación de Instructores en Venezuela.

Acuerdo entre los Ministerios de Industria y Energía de España y de Transporte y Comunicaciones de Venezuela, para la realización de la línea ferroviaria del Este a ser ejecutada por el Consorcio Venezolano-Hispano-Canadiense.

Convenio de Asociación entre el Fondo de Inversiones de Venezuela y Astilleros Españoles, S. A., para el establecimiento de un astillero de construccíón y reparación de buques y Documento Constitutivo y Estatutos Sociales de la Empresa Astilleros Navales Venezolanos (ASTINAVE), en los Taques, Estado Falcón.

Contrato entre el Ministerio de Fomento de Venezuela y la Empresa Nacional de Autocamiones (ENASA), de España, para el establecimiento en Cumaná, Estado Sucre, de una planta de fabricación de motores diesel para camiones y autobuses, así como una planta de ensamblaje.

Contrato entre la Empresa española Ramón Vizcaíno, S. A. y la Corporación Venezolana de Fomento (C. V. F.), para realizar el diseño y la construcción de cinco almacenes frigoríficos para la conservación de alimentos y productos perecederos, así como la constitución de una empresa mixta hispano-venezolana para su explotación y gerencia.

Caracas, a diez de septiembre de mil novecientos setenta y siete.

TRATADOS Y CONVENIOS ENTRE VENEZUELA Y ESPAÑA


  1. Tratado de Paz y Reconocimiento
    30 de marzo de 1845
  2. Convenio de Cooperación Cultural
    28 de junio de 1973
  3. Convenio Básico de Cooperación Técnica
    10 de agosto de 1973
  4. Acuerdo complementario de Cooperación Técnica para el Desarrollo de un Plan Nacional de Formación Profesional Marítimo-pesquera
    10 de agosto de 1973
  5. Convenio de doble nacionalidad
  6. Acuerdo de Cooperación Técnica, complementaría del Convenio básico de 10 de agosto de 1973
    10 de septiembre de 1977
  7. Acuerdo entre los Ministerios de Industria y Energía de España y de Transporte y Comunicaciones de Venezuela, para la realización de la línea ferroviaria del Este a ser ejecutada por el Consorcio Venezolano-Hispano-Canadiense
    10 de septiembre de 1977
  8. Convenio de Asociación entre el Fondo de Inversiones de Venezuela y Astilleros Españoles, S. A., para el establecimiento de un astillero de construcción y reparación de buques y Documento Constitutivo y Estatutos Sociales de la Empresa Astilleros Navales Venezolanos (ASTINAVE), en los Taques, Estado Falcón
    10 de septiembre de 1977
  9. Contrato entre el Ministerio de Fomento de Venezuela y la Empresa Nacional de Autocamiones (ENASA), de España, para el establecimiento en Cumaná, Estado Sucre, de una planta de fabricación de motores diesel para camiones y autobuses, así como una planta de ensamblaje
    10 de septiembre de 1977
  10. Contrato entre la Empresa española Ramón Vizcaíno, S. A., y la Corporación Venezolana de Fomento (C. V. F.) para realizar el diseño y la construcción de cinco almacenes frigoríficos para la conservación de alimentos y productos perecederos, así como la constitución de una empresa mixta hispano-venezolana para su explotación y gerencia
    10 de septiembre de 1977

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