80 aniversario Azaña

Vida y obra de Azaña

Infancia y juventud: 1880-1911

Manuel Azaña Díaz nace en la calle Imagen de Alcalá de Henares el 10 de enero de 1880, en el seno de una familia de larga tradición alcalaína. Su padre, Esteban Azaña Catarineu, fue alcalde de Alcalá cuando se erigió la estatua a Cervantes y es autor de la Historia de la ciudad de Alcalá de Henares. Su madre, Josefa Díaz-Gallo Muguruza, muere en 1889 y, poco después, su abuelo Gregorio. Al año siguiente falleció también su padre. Manuel y sus hermanos: Gregorio, Carlos, que fallecerá muy niño, y Josefa, quedaron al cuidado de su abuela, Concepción Catarineu.

Estudia secundaria en los Escolapios de Alcalá y en 1893 ingresa en los Agustinos de El Escorial. En 1898 aprueba la licenciatura de Derecho en la Universidad de Zaragoza y, dos años después, presenta en la Universidad de Madrid su tesis doctoral La responsabilidad de las multitudes.

Con un grupo de amigos funda en su ciudad natal la revista Brisas del Henares, y colabora en Gente Vieja. En ambas con el seudónimo de Salvador Rodrigo.

Trabaja como pasante en un despacho de abogados de Madrid, que abandona para regresar a Alcalá a gestionar el patrimonio familiar. Administra las tierras familiares, un tejar, una fábrica de jabón y crea, junto a su hermano Gregorio, una empresa de electricidad. Funda la revista La Avispa, dedicada a la crítica municipal.

En 1910 ingresa como funcionario en la Dirección General de los Registros y del Notariado y el 4 de febrero de 1911, en la inauguración de la Casa del Pueblo de Alcalá de Henares, pronuncia su primera conferencia política El problema español.

Palabras de Azaña

Sobre su infancia.

Amaba mis libros, y el aposento en que leía, y su luz, su olor. Amaba la casa, tan temerosa en los anochecidos, rondada por las sombras de los muertos, llena a mi parecer del eco de ciertas voces extinguidas por siempre jamás.

[…]

Las novelas de Verne, de Reid, de Cooper, devoradas en la melancólica soledad de una casona de pueblo ensombrecida por tantas muertes, despertaron en mí una sed de aventuras furiosa. Amaba apasionadamente el mar. Soñaba una vida errante […] Me sucedía lo que a los niños de ahora les ocurre con el cine: ellos quieren ser Fantomas como yo quise ser el capitán Nemo […]. Devoré con manifiesto estrago de mi paz interior cuantos libros de imaginación hallé guardados en la librería de mi abuelo: Scott, Dumas, Sue, Chateaubriand, algo de Hugo, traducidos, y sus secuaces españoles. Recuerdo haber vivido entonces en un mundo prodigioso. De esa prueba, que me sirvió para entender la locura de Don Quijote, salió encandilada mi afición precoz a leer de todo.

El jardín de los frailes. 1927.

Sobre la enseñanza recibida

… no se estudia para saber, sino para aprobar, y no se enseña a discurrir ni se procura formar la inteligencia sino que se obliga a los muchachos a recitar de coro ridículos manuales, llenos de insensateces […]

En general, a los muchachos en España no se les enseña nada que pueda ir contra el prejuicio religioso, ni contra determinadas instituciones; para ello no se tienen escrúpulos en faltar descaradamente a la verdad, o en presentar las obras, los trabajos y los descubrimientos de los enemigos […] villanamente adulterados.

[La educación actual]… no se encamina a formar el carácter, poniendo su centro de gravedad en la propia conciencia, adoctrinando a los hombres en los fueros eternos del respeto de sí propios, de su dignidad personal y del respeto que a los otros es debido, sino que se funda toda entera en el dogmatismo religioso, de donde resulta que cuando la fe se pierde, desaparecen también para la mayoría de los hombres los motivos que antes tuvieron para ser honrados y cabales.

El problema español. Conferencia pronunciada en la Casa del Pueblo. Alcalá de Henares, 4 de febrero de 1911.

Sobre el poder de la educación:

Los hombres de mi generación […] no queremos ni podemos perder la esperanza en el porvenir […]. De ahí nuestro propósito de […] persuadir a nuestros conciudadanos de que hay una patria que redimir y rehacer por la cultura; por la justicia y por la libertad.

Por la cultura he dicho y si lo meditáis bien comprenderéis que lo he dicho todo.

[…]

Esta tarea, que es la más larga, es la decisiva: "Dadme la Universidad -decía Renan- y lo demás os lo abandono todo".

El problema español. Conferencia pronunciada en la Casa del Pueblo. Alcalá de Henares, 4 de febrero de 1911.

Sobre la Historia:

Hay en España […] un núcleo de gentes, cada vez más pequeño, que viene oponiéndose por sistema a la introducción en nuestro suelo de toda novedad, y que aborrece, en punto a ideas, cuanto trae el marchamo extranjero.

Buscar en el pasado razones de enemistad e interpretar la Historia para hacerla servir de alimento al odio es una aberración […] tenemos derecho a volver la vista atrás sin orgullo y sin melancolía, para escarmentar con nuestros errores y tomar ejemplo de las virtudes, del valor, de la perseverancia, donde las hubiese, y sacar de unos y otras lección para el porvenir.

Los motivos de la germanofilia. Conferencia pronunciada en el Ateneo. Madrid, 25 de mayo de 1917.

Sobre la democracia:

¿Podrá España incorporarse a la corriente general de la civilización europea? […] ¿Qué hay que hacer, qué medios habrán de emplearse para que esa transformación se verifique? […] El único medio […] es una instrucción, una enseñanza bien orientada y firmemente dada desde la escuela hasta la Universidad […]

Esencialmente la organización democrática exige: Un cuerpo de votantes; un cuerpo de representantes que aquellos eligen; un corto número de hombres de gobierno sacados de entre los que representan la opinión de la mayoría […] Ese cuerpo de electores es la base natural e indispensable del régimen, porque ¿cómo habrá gobierno del pueblo por el pueblo si no hay pueblo?

[…] ni al pueblo ni a nadie, hay que darle pedazos de pan, así como de limosna, sino organizar la sociedad sobre bases justas que permitan que ese pedazo de pan se lo gane el pueblo mismo […]

¿Democracia hemos dicho? Pues democracia.

El problema español. Conferencia pronunciada en la Casa del Pueblo. Alcalá de Henares, 4 de febrero de 1911.